La nieve amable
le daba ritmo blanco
a mis palabras tristes.
Ellas, como simples gaviotas,
eran de curso muy tranquilo.
Yo sabìa,
tu alma las llamaba desde lejos.
Y hacia ti eran sus vuelos.
No hay océanos para él,
dije.
Ignora territorios y brumas.
Desconoce la niebla
y las ciudades,
las ciudades grises
como las golondrinas.
Sucede que no hay rìos
para él,
rìos que buscan un hogar
nunca olvidado:
las anchas aguas del mar.
No sabe,
dije,
geografìa, no sabe.
A veces
recuerdo esas palabras
invernadas.
El corazón
emprende luego
larguismos viajes
hacia el este,
para volver siempre
por las tardes,
amargas y malditas,
más trìste y más cansado
que nunca.
Entonces,
llovizna toda la noche
en mi memoria.
Y una estrella de sal
canta su luz en mi pupila,
a la hora de todo amanecer,
cuando uno se despierta
un poco más joven que mañana.
III
Ahora sé.
Nulo de geografìa,
el corazón
quiere llevarme lejos.
El sabe,
tú no estás conmigo.
Está solo,
como el viento del norte.
Aún no se acostumbra
el alba,
ella llega siempre sin nadie
si tú no estás conmigo.
Quiere llevarme lejos.
A donde tú me esperas.
Pero entre nosotros
hay hisstoria y violencia,
océanos, caminos, montañas,
hambre y miseria,
combates
que aún se tienen que library
para ser libres,
como ya lo eres tú,
vida mìa.
Es verdad,
el corazón de los enamorados
no sabe nunca geografìa,
tan sólo sabe no olvidar.
Otto Castillo
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