viernes, 14 de noviembre de 2014

Xela como me hace falta

Extraño su luna y como los rayos brillan en los charcos de las calles que iluminan mi camino en el desierto de la media noche.

Extraño como la neblina cae por las atardeceres, enrodándonos como un ponche de protección del frío.

Extraño caminar en el silencio de la madrugada, disfrutando la ilusión de tranquilidad, un momento fugaz antes de que todos se despierten.

Extraño las subidas y bajadas extremas de Baúl que sirven como una metáfora de la vida allá en Guatemala, alto o bajo, todo o nada: sin balance.

Extraño pasar por las nubes en la subida a Baúl, mirar hacia abajo a la manta que cubre la cuidad escondida de la luz del nuevo día.

Extraño como me cuesta respirar en la cima, como jamás puedo llenar mis pulmones con el aire necesario, y así quedándome con ganas de intentar de nuevo.

Extraño hacer la bajada con más ánimo para seguir con el día, lista para la lucha de trabajo y los problemas que me esperaban en la oficina.

Extraño pasar al lado del señor del jugo que me pregunta al diario ‘jugo hay jugo’ y cada día lo niego, pasándolo corriendo sin parar.

Extraño ir al mercado y admirar el arco iris de colores, atrayéndome a comprarlo como si fuera dulces a la venta.

Extraño tener el peso de un avocado redondo en mi mano, como si mi palma fuera hecha solamente para tenerlo tiernamente, así.

Extraño el ruido de la licuadora destructiva que llena el ambiente con ruidos de dulce productividad.

Extraño meter mis manos en una canasta de frijoles y el sonido que suena como monedas cuando muevo la selva de semillas negras.

Extraño la alegría de encontrar tres cartuchos perfectos en un cubo en la salida, sus pétalos sin manchas del viaje, su perfección un reflejo de la belleza de la vida.

Extraño el sonido de la campana anunciando la venta de helados, medio tibios, y tintados un amarillo resplandeciente acercandome en el parque.

Extraño el ‘poc poc poc’ de las gallinas de madera comiendo su maíz imaginario, nunca se cansan de la rutina infinita como su dueño al acecho de los potenciales compradores.

Extraño acercarme al niño del parque para comprar un cigarrillo en los momentos de debilidad, nunca esperé una sonrisa, sé que la vida le ha quitado demasiado, para dar el ultimo que tiene a un desconocido.

Extraño el chisporroteo de las pupusas cocinandose encima de un fuego fuerte, extraño hasta la cola que nunca se formaba y el picante que siempre me dejaba con parásitos, no aprendo negar mis tentaciones.

Extraño el refugio de su iglesia al lado, un rato de meditación, mirando a la gente orando, sufriendo, recordándome que hay mucha gente pasándolo mucho peor que yo en un día estresante de trabajo.

Casi extraño el ‘ch ch ch’ de los hombres en las calles, molestándome; a lo menos notaban mi presencia y me ofrecían un saludo.


Extraño sentirme en casa en un país tan lejano y diferente que el mío mientras soy una extranjera en mi propio país.

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